Alguien dijo que Londres y París no tenían mérito como ciudades, pues había sido muy fácil construirlas gracias a la maravillosa ubicación y paisajes de ambas. Lo difícil en realidad era haber creado una ciudad como Madrid, tan lejos del mar, al pie del Guadarrama y tan solo con un aprendiz de río como es el Manzanares, con su escasísimo caudal. Eso sí que tenía mérito.

Lo cierto es que este castizo río discurre exclusivamente por la provincia de Madrid, desde su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa (el famoso nevero de la Cuerda Larga de la sierra del Guadarrama, cuya nieve se bajaba desde mayo hasta principios de agosto para solaz de los madrileños), pasando por las localidades de Manzanares el Real, Colmenar Viejo y El Pardo, formando ya en Somontes un estanque conocido como Playa de Madrid, donde antes se bañaban los gatos. Tras cruzar Puerta de Hierro, hace su entrada a Madrid por el Puente de los Franceses. Aquí el río surca nuestra ciudad canalizado, atraviesa la Dehesa de la Arganzuela y se pasea por Madrid, atravesando otros puentes como los de Reina Victoria, el del Rey, el de Segovia, el de Toledo, y otros puentes ya del siglo XX y XXI (Praga, de Andalucía, La Princesa…). Ya sale por fin del casco urbano, y en el Parque regional del suroeste, en Rivas-Vaciamadrid, desembocará en el Jarama.

El río Manzanares a su paso por Madrid

El río acogió una gran actividad humana desde el Paleolítico, y los árabes, para proteger del ataque de los reinos cristianos el camino junto al cauce del río o mayrit (atentos a la palabra), crearon la fortaleza que dio origen a nuestra ciudad. No somos nadie sin el Manzanares.

La gran aventura del río Manzanares, aunque suene a broma, es la que realizó un italiano en nuestra ciudad en 1582. Juan Bautista Antonelli, un ingeniero que hizo llamar el emperador Carlos V y que hizo un viaje que nadie creería hoy en día. Y es que atravesó la ciudad de Madrid, ayudado por cuatro remeros voluntarios, en una chalupa, llegando al río Jarama, para a continuación desembocar en el Tajo navegándolo todo seguido hasta Lisboa. Toda una proeza. Pero no acabó ahí la cosa. El mismo ingeniero diseñó poco después dos barcos de 53 pies de largo, que navegaron desde Vaciamadrid (Rivas-Vaciamadrid desde 1945) hasta el pueblo de Aranjuez, en los que viajaron Felipe II, los infantes y el séquito de turno.

Durante el siglo XVIII, el mejor alcalde de la ciudad, Carlos III, promovió varios proyectos de navegabilidad para el río Manzanares, pero finalmente quedaron en agua de borrajas. A partir de estas fechas, los márgenes del Manzanares se convierten en punto de reunión a la hora del paseo tanto de la aristocracia, con sus vistosas carrozas y sillas de mano, como de lo más granado de los chulapos, majas, chisperos y manolería andante de la ciudad. Después, y hasta finales del XIX, el Manzanares se verá, a su paso por la ciudad, convertido en lavadero y tendedero. Las lavanderas y casas de lavandería ocupaban grandes tramos del río, y se podían ver los cauces con grandes extensiones de ropa secándose al sol. Malas épocas para nuestro río, sobre todo porque en él se vertían todas las inmundicias de la ciudad.

El río Manzanares a su paso por el puente de Toledo

El siglo XX verá chiringuitos en el verano, merenderos, las celebraciones de un montón de fiestas tan castizas como las de San Dámaso, El Ángel, San Antonio de la Florida, la Virgen del Puerto o Santiago el Verde. Rodeado de la Casa de Campo, el Paseo de la Florida o la Moncloa, todo en él era atractivo, y siguió siendo punto de encuentro y de celebraciones populares. Un triste paréntesis para el río en la Guerra Civil, al verse convertido el pobre Manzanares en línea defensiva. Poco a poco, las distintas generaciones irán arreglando el río, convirtiendo en jardines sus riberas, hasta llegar al día de hoy, en el que existe un nuevo arbolado, espacios de recreo, se ha soterrado la M-30…  Todo para que definitivamente nuestro querido río vuelva a ser punto de encuentro y espacio de ocio para los habitantes de Madrid.

Un rincón del Manzanares

El río Manzanares ha aguantado estoicamente durante siglos las bromas sobre su escaso caudal. Un diplomático alemán dijo de él que era navegable en barca y a caballo, o Tirso de Molina apuntó que como Salamanca y Alcalá de Henares, el río «tiene vacaciones en verano y curso solo en invierno», pero también fue llamado «Sena chiquitito y simpático», pues así nombró el periodista Martínez de la Riva, que hace un siglo todavía tenía la esperanza de que el río tuviera el caudal suficiente para ver cortando las aguas «un ligero esquife que lleve en su popa a una madrileña, tan castiza como las majas de antaño, pero tan blanca como girl inglesa y leyendo un libro». Todo se andará…

El castizo río Manzanares

El río Manzanares ha aguantado estoicamente durante siglos las bromas sobre su escaso caudal. Un diplomático alemán dijo de él que era navegable en barca y a caballo, o Tirso de Molina apuntó que como Salamanca y Alcalá de Henares, el río «tiene vacaciones en verano y curso solo en invierno», pero también fue llamado «Sena chiquitito y simpático», pues así nombró el periodista Martínez de la Riva, que hace un siglo todavía tenía la esperanza de que el río tuviera el caudal suficiente para ver cortando las aguas «un ligero esquife que lleve en su popa a una madrileña, tan castiza como las majas de antaño, pero tan blanca como girl inglesa y leyendo un libro». Todo se andará…

El río Manzanares de noche

Fotos: Carlos Viñas-Valle, Colección Carmen Thyssen, Comunidad de Madrid, Wikipedia, El Plural, El Perro Viajante.

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